sábado, 13 de junio de 2020

Pangolín y Papaya 15


- Sí madre, hay que tener cuidado…- Pangolín asiente aburrido mientras sostiene el teléfono en la mano – no, madre, no vamos a morir todos. Bueno, como mortales que somos es nuestro destino, pero no ahora mismo… nada, nada. Lo que digo es que vamos a morir, pero que espero que tú lo hagas mucho antes ... sí, estoy comiendo bien… que sí, esta tarde mismo llamo a la tía, que le va a hacer mucha ilusión. – cuando por fin cuelga, se da cuenta que su compañero le observa.
- ¿Qué tal tu madre? – le pregunta Papaya con una sonrisa.
- Pues cada día más bipolar. Después de ver en la tele los programas asustaviejas, piensa que el apocalipsis ha llegado y que los comunistas le van a expropiar la casa. Eso sí, la señora luego sale al mercado sin mascarilla y con las amigas a apretarse un cafelito con unas gotitas de coñac.
- Padres... el mío dice que quiere aprender a bailar bachata. El doctor Papaya bailando ritmos latinos y meneando las caderas… el divorcio le ha dejado desnortado
- Te voy a contar uno muy bueno para quitarme esa imagen de la cabeza:
Camarero me pone un café corto…
Ahora mismo, cambio

jueves, 11 de junio de 2020

Cita a ciegas 2.

- Ehhh,  Hola? - intenté entablar conversación con el desconocido.

Pensaba; “ espero que no sea un petardo de los que no paran de hablar en toda la comida. O un viejo verde de esos q te mira a las tetas mientras habla y juguetea con su dentadura postiza. Uff por favor, que no me amargue la comida el tipo este.”

- Buenassss fea. – Me contestó bajando la carta despacio para colocarla después sobre la mesa.

Tenía unos ojos completamente negros con forma almendrada que me observaban fijamente sin pestañear. Y… era, de color verde? Pequeñito con dos antenas, sin pelo…

- Disculpa pero te has tomado la confianza demasiado pronto. Fea?

- Ah!! No se ofusque con moi, es mi forma cariñosa de saludar. – expresó mientras agitaba sus manos de tres dedos arriba y abajo. Su cara hacia una mueca de desaprobación juntando el entrecejo y haciendo girar sus ojos.

- Este… usted es japonés, no?

- Japonés?

- Si, de esos que van siempre disfrazados y toman la personalidad de su disfraz…

- Ummm déjeme que se me piense… japonés? – cerró los ojos y puso el dedo más largo de la mano derecha en su sien. – Ah! Japonés. Ummm… digamos que si. Konichiwa fea! – juntó sus manos e hizo una reverencia agachando la cabeza.

Creo que está comida va a ser muuuuyyy especiallll.

Apareció un camarero impecablemente vestido y peinado, la verdad que estaba de muy buen ver. Cuando se paró delante de la mesa observó levantando la ceja a mi verde compañero y creo que decidió dirigirse a mi para sentirse más cómodo.

- Arratsalde on. Señores. Soy el sumiller. Les interesa la comida con maridaje?

Ummm maridaje. No sabía si estaría incluido en el regalo. Seguramente valdría una pasta pero dado lo que me venía encima decidí que borracha podría sobrellevarlo mejor.

- Si, por favor- le respondí con una sonrisa de oreja a oreja.- ya cambiaba yo al tipo cetrino este por el camarero.

- Espere guapita. Oiga, qué es eso del maridaje? Qué yo sepa no me se he declarado para que ya me pida matrimonio.

- Oh no señor, se trata de ir probando diferentes vinos en función del plato.

- Vino? Ummm interesante. Adelante! Se me apetece saborear el vino. – levantó su dedo más largo de la mano derecha reafirmando su discurso. – pero sepa fea que si a este cuerpo serrano se le sufre algún daño, tendrá consecuencias y aplicaré mi vara de avellano sobre usted.

- Ehhhh, perdón? Vara de avellano? – miré con desconcierto y algo de miedo al camarero quién con una subida y bajada de hombros y cara de cosas más raras he visto en mi vida, marchó a su cometido dejándome tirada con el marrón que me esperaba.

No surgió conversación ninguna.

Traté de dirigir la mirada a cualquier rincón del restaurante y así evitar cruzarla con él. Aún así, sentía sus gigantes ojos como abismos clavarse en mí. De vez en cuando pestañeaba despacio dando la impresión de estar cansado para a continuación volver a analizar mis posturas.

- Le pasa algo?

- No

- Dejé de mirarme, haga el favor. Creía que los japoneses eran vergonzosos y evitaban cualquier contacto incluso el visual.

- Ah, no! – dijo con una gran mueca en su cara moviendo su mano arriba y abajo.- io no soy… - umm nada, nada. – y se puso a disimular mirando al techo con su dedo largo sobre la cara pensativo.

- No es qué?

- Fea, se está poniendo muy pesada. Deme una conversación más interesante.

Justo cuando iba a soltarle un improperio, apareció la camarera con el primer plato;


“Licuado de pescado de roca, sobre tarama de carabinero y montadito de endivias, anchoa y sardina”

La camarera nos hizo una descripción del plato y lo acompañó de una cestita de panes variados recién hechos.

- On egin!

A continuación apareció el sumiller con una cubitera y una botella dentro.

La abrió en la mesa y comenzó a describir los sutiles matices de sabor que se podían apreciar al probar el caldo.

- On egin!

Antes de empezar observé al bicho verde. Cogió la copa con sus tres dedos y  bebió de golpe el txakoli. Después soltó un sonido de satisfacción, agarró la botella y se sirvió más.

- Le gusta el txakoli?

- No está mal guapi, tengo sed y está fresquito.

- Pues nada, sigue sigue- le dije con sonrisa maléfica pensando en el pedo de aúpa que se iba a agarrar. Ese vino es muy traicionero.

El plato era una explosión de colorido, una gozada a la vista. Todo perfectamente estudiado.
Comencé a degustar suavemente cada bocado mientras mi compañero lo devoraba como un cerdo.

- Bueno, no dicen que aquí se come bien? Las raciones son indignantes! Sepa que moi va a poner una queja. Así no lleno mis siete estómagos!

- Le queda aún mucho por probar.- Le comenté.

- Siiiiii, eso espero feaaa, que hoy vaya a probar de todooo.- me clavó los ojos de una forma diría que lasciva, lo que me hizo enfurecer soberanamente.

- Si sigue así voy a pedir que me cambien de mesa.

- Pídalo, no se dónde se va a sentar.jijiji – su sonrisa socarrona hacia mostrar toda su dentadura.

Tenía razón, no cabía un alfiler en el comedor. Si quería seguir tendría que hacer de tripas corazón. Resople.

- Dígale a moi una cosita- dijo guiñando un ojo y señalándome con su dedo largo- usted me daría un osculito?

- Eh? Qué es eso?

El bicho cerró los ojos, se acercó a mitad de la mesa y puso morritos para que le besara.

- Está borracho! Haga el favor de sentarse y comportarse! Si está cachondo echese la cubitera en la entrepierna.

Dicho y hecho, cogió la cubitera con ambas manos y se la volcó sobre la cabeza desperdigandose los hielos por el parqué.

Se hizo un silencio. El resto de comensales se quedó mirando mientras el tipo se agitaba cual perro para eliminar la humedad.

- Perooo qué ha hecho? Me voy a quedar sin comida, nos van a echar!

- Uy, creo que esto no ha estado bien.- dijo afligido. Observando las miradas incisivas a todos los lados.

Se subió a la mesa. Era realmente pequeño, un metro veinte o por ahí. Me fijé en sus,.. pies? Sobre el reluciente mantel blanco. Los tres deditos verdes no paraban de golpear la mesa, seguramente por los nervios o la vergüenza de la situación.

Alcé la vista y no tenía ropa. Era un cuerpo totalmente verde y reluciente como si llevara el mono de un motorista.

- Perdón a todo el mundo es que moi es japonés.- tras su breve discurso esbozó una tierna sonrisa y una caída de ojos tipo Bambi que hizo emocionar al personal.

Bajó y se sentó en su sitio.

- Lo he hecho bien? – me susurró.

- Si, creo que ha colado pero tenga cuidado a la próxima vamos a la calle. Por favor no me fastidie la comida, me hace mucha ilusión estar aquí.

Entonces, bicho verde me cogió de la mano, la beso y dijo:

- Disculpe a moi fea, ese líquido amarillento me ha transformado. Prometo seguir los protocolos. Io me presento, Flaneta.




Cita a ciegas 1

Me sentía afortunada. 

Había conseguido una cena gratis en el mejor restaurante del mundo, el Lasarte de Martín Berasategi. Para mi la cuna del buen hacer, la honradez y modestia de un gran chef de nuestro tiempo. A pesar de ser giputxi. Ya se sabe, bilbaínos y gipuzkoanos siempre tienen ese pique sano, los primeros fanfarrones y rudos y los segundos pijos y finos pero todos con algo en común, las diferencias se arreglan ante una buena mesa y un rioja en su punto de temperatura o un fresco txakoli si se desea.

Pues eso, después de recorrer casi todos los Estrella Michelín de Bizkaia, tocaba mi paso a la abrupta Gipuzkoa, Arzak, Subijana, Aduriz… y así hasta once sitios dónde disfrutar de una creatividad materializada en sorprendentes platos. 

Pero mi favorito siempre ha sido Berasategi. Recuerdo cuando hace pocos años le nombraron tambor de oro en las fiestas de Donosti. Martín no sabía dónde meterse. Entre su timidez y su emoción parecía un ratoncillo rodeado de hambrientos gatos.

Elegí para ir un día de verano. Quería desplazarme hasta la verde provincia en una época que me garantizara el buen tiempo, o al menos que la probabilidad de lluvia fuera la mínima posible.
Preparé una pequeña maleta con idea de pasar el fin de semana visitando diferentes localidades.

Llegada la hora, cogí el autobús y  me puse a mis Marea mientras ojeaba el paisaje.

Hora y pico después llegué a la Bella Easo. Pasear por Donosti es raro, parece un pueblito en eternas vacaciones y sin embargo esa sensación contrasta con la gente trajeada que aceleradamente transita en idas y venidas al trabajo.

Busqué el pequeñito hotel dónde iba a alojarme por un día y tras dejar los bártulos me di un paseo hasta la estación de autobuses para dirigirme a Lasarte. 

En a penas 20 minutos ya estaba allí, una pequeña ciudad en un valle rodeado de montes.

El tiempo se me echaba encima y no pude hacer un pintxo pote como es de rigor así que me presenté en el restaurante.

Una joven muy amable me recibió, recogió mis pertenencias y me acompañó a la mesa.
Atravesé detrás de ella el amplio comedor con mantelería blanca que reflejaba la luz que entraba por los gigantescos ventanales a través de los que se podía disfrutar de unas hermosas vistas del monte.
Al llegar a la mesa me encontré que ya había alguien sentado en ella.

- Tiene que ser un error.-  le comenté.-  Yo vengo sola. –

- No, señora, el caballero le acompañará en la comida. Ambos ganaron el concurso.

La camarera se despidió amablemente y se dirigió devuelta a la recepción.

Intrigada y desconcertada comencé a intentar vislumbrar quién era mi cita a ciegas pero se agazapaba detrás de la carta del menú.

miércoles, 10 de junio de 2020

Pangolín y Papaya 14




- ¡Ya han abierto las terrazas! – dice Papaya entusiasmado.
- Yo no lo entiendo, macho. Después de todo lo que hemos pasado lo que más os preocupa es tomaros una cerveza en medio de la calle.
- No es la cerveza en si, es algo simbólico. Necesitamos sentir que seguimos vivos, retomar las riendas…
- Joder ¿y para eso necesitas una terraza atestada de peña? Para ir a la biblioteca no madrugáis. Vuestra existencia gira en todo a beber en un bar con cuatro gilipollas y que os pongan de tapa unos kikos más duros que la rodilla de una cabra.
- Ay como eres …
- ¿Te sabes el de la carnicería?
- No, Pangolín.
- Pues un tío llama por teléfono preguntando por una carnicería y le contestan: Aquí no es, esto es una zapatería… y el tío dice: Perdón, me he equivocado de numero… y el zapatero le contesta: no importa, tráigalos y se los cambiamos…


lunes, 8 de junio de 2020

Bolo do caco

Esta es una receta que aprendí en un viaje a Madeira. Es un delicioso bollo de pan que los lugareños cocinan sobre una roca que calientan sobre brasas dándole una sorprendente e irresistible textura.
Su originalidad reside en que se añade batata a la harina dándole un suculento sabor. El origen de esta rareza es que al ser una isla cada poco tiempo había escasez de cereales y los panaderos tuvieron que tirar de ingenio.
Lo primero es poner a cocer la batata y hacer un puré aplastando bien hasta que quede cremosa. Después se añaden 350g de harina y algo de levadura para producir esa esponjosidad en la boca. Finalmente se añade un pellizco de sal y un vaso de agua.
Mientras trabajas la masa con las manos puedes disfrutar de la tibieza y los aromas dulzones de la batata.
Dejamos fermentar (mínimo una hora aunque nos costará resistirnos) y aprovechamos para hacer la mantequilla de ajo y disfrutar de una copa de viño verde.
Con la ayuda del vino parecerá que surcamos el Atlántico, sacamos la mantequilla para que se ablande. Usaremos 125g, un diente de ajo picado, un puñado de perejil bien picadito y una pizca de sal.
Lo mezclamos y lo metemos en la nevera para que repose aunque para que sea realmente orgásmico deberíamos dejarlo un día.
Dividimos la masa en bolitas y dejamos reposar 25 minutos. Tras esto y con un poco de harina en las manos las aplanamos en forma de disco.
Las calentamos en una sartén sin aceite, cuatro minutos por cada lado. Los sacamos, y mientras conserva el calor, untamos la crema de mantequilla que se derretirá empapando todo de jugos. Ya solo queda probarlo, mirando al mar nos servimos la segunda copa de vino y le damos un mordisco. Mientras el pan crepita en tu boca, la mantequilla encharca tus papilas saturándolas de placer.


Venga me uno a lo de la música:
https://youtu.be/ymFVfzu-2mw

La tortilla de la abuela

La abuela no cocinaba bien.

Esto era una suposición, en verdad no tenía ni idea, pero le gustaba creer que si no había un plato memorable en su niñez —cuando sus amigos hablaban de la carne asada, de la sopa de cocido o de la fabada de sus abuelas—, era por este motivo.

Había uno del que no recordaba el sabor, pero era en particular decepcionante por su aspecto. Se trataba de la tortilla de patata. Había visto todas esas tortillas doradas, gruesas y jugosas que se deshacían en la boca como si una estuviese comiendo pedacitos de sol pero la de su abuela era fina, tenía un color extraño que era una mezcla de varios y una textura seca pero aceitosa a la vez. La observaba mientras la preparaba, sin dudar de su proceder, igual que todos los niños que creen a pies juntillas que los mayores no solo saben lo que hacen, sino que lo hacen siempre bien. Además, nunca había visto hacer tortillas a nadie salvo a su abuela y su madre, y las dos la hacían de la misma manera, luego ese era “El procedimiento”.

Había que tostar la cebolla en el aceite hasta que se ponía marrón y luego añadir las patatas que iban cortadas en láminas tan finas que casi se podía mirar a través de ellas. Tras varias vueltas y meneos, la abuela escurría el aceite sobrante, con ayuda de un plato o una tapadera (le parecía que esto no era significativo en el resultado final), y por último llegaba el toque maestro: batía los huevos, echaba la mitad por encima de las patatas, volteaba todo sobre otro plato y el resto lo vertía en la sartén vacía. Cuando estaba casi cuajado, disponía su proyecto de ingeniería sobre él, presionaba un poco y con un giro de muñeca digno de prestidigitador, lo colocaba en el plato de servir. Voilà la tortilla!

Esta elaboración era única, no la vería jamás fuera de su casa, y aunque no era uno de esos platillos que la gente hoy en día fotografiaría para el instagram, la llenaba de orgullo, pues su abuela era diferente, ella conocía algo que las demás abuelas desconocían, ya solo fuera la manera de fortalecer los estómagos de toda la familia.

Claro que, bien pensado, esa no era la receta que quisiera transmitir a sus hijos. Para ellos prefería la de las rosquillas. No se acordaba pero ya la inventaría.



A falta de vino, ahí va una sugerencia musical. Mejor tómenla sola, con la tortilla desmerece.

LAS MEJORES CHEFS

Sobre la encimera de la cocina, colocados en línea horizontal, había una larga lista de ingredientes dispuestos a ser usados.
 
Como también estaba dispuesta, Carla, con delantal, gorro y espátula en mano, que iba a ser la mejor chef de la historia.

     ¿Qué receta vamos a hacer, mamá? —Dijo la niña con una sonrisa de ilusión en la cara.

     Vamos a hacer el bizcocho más grande y esponjoso que hayas visto — le contestó su madre, María, abriendo mucho los ojos.

La pequeña como acto reflejo abrió también mucho los ojos, sorprendida e ilusionada.

     ¿Y tendrá chocolate, mamá?

     Pues claro. Lo primero que tenemos que hacer, es precalentar el horno. Le damos aquí, ¿ves? Giramos la rueda hasta que nos aparezca...

     ... uno... ocho...cero...

     Eso es, corazón, y en un ratito, cuando nos haga “piii” —dijo María a la vez que le apretaba el ombligo a su hija y esta se reía— ya podremos meter nuestro súper dulce a calentar para que nos quede riquísimo.  ¿Preparada?

    Carla asintió, se subió a una banqueta que María le había colocado a su lado para que estuviese más alta y que no solo sus ojos y su nariz pasasen el borde de la encimera, y observó atenta cómo su madre cascaba un par de huevos y con mucho cuidado separaba las yemas y las claras. Una vez hubo acabado, añadió azúcar a un lado y un poquito sal a otro.
 
     Y ahora, ¡a batir!

     ¡Yo quiero, yo quiero!

     Muy bien. Tienes que hacerlo así, ¿ves?  Agarras el batidor así con cuidado y le das vueltas y vueltas despacito hasta que quede blanco y parezca una nube.

Carla volvió a sonreír y a abrir mucho los ojos y se concentró en la tarea que le había encomendado su mamá. Mientras esta, a la vez que cantaba, batía su parte y derretía un poco chocolate.

Cinco minutos más tarde, Carla comenzó a protestar: 

     Mamá, estoy cansada y esto no parece una nube.

     A ver, déjame que le eche un vistazo. ¡Pero si ya casi lo tienes! Le damos un par de vueltas más... y ¡voilà!

María cogió el bol y lo puso boca abajo.

     ¡Alaaaa! ¡No se cae!

Carla siguió observando atenta cómo su madre seguía mezclando cosas. Las yemas con la claras, un poco de harina y levadura tamizada....

     ¡Parece que está nevando!

María se reía mientras ella removía la masa con mucho ahínco y con manchas de harina por todos lados.

  Ahora tenemos que separarlo otra vez en dos recipientes distintos porque aquí lo mezclaremos con el chocolate, pero antes, mete un dedo ahí y prueba.

     Pero aún no lo hemos metido en el horno, mamá.

     Tú hazme caso, mi abuela siempre que hacía un dulce, aprovechaba y probaba la masa cuando nadie la veía — María sonrió con nostalgia al recordarlo—. ¿A qué está rico?
La niña asintió. Un sonido rompió en la cocina.

     ¡El horno ya ha hecho “piii”, mamá! ¡Hay que meter el dulce!

     Ya va, ya va. Ahora lo dejamos ahí veinte minutos hasta que se vuelva alto, alto y esté calentito y esponjoso.

Carla se pasó los veinte minutos mirando la puerta del horno.

     Carla, sal de ahí, que te vas a quedar ciega de mirar siempre al mismo punto.

     Pero está creciendo mamá. Ya está muy alto. ¿Lo podemos sacar ya?

     ¿Sí? Déjame ver. Ala, que buena pinta.

     ¿Puedo probarlo?

     Aún no, que está muy caliente y luego te duele la lengua. Pero podemos abrirlo a ver cómo nos quedó.

     Jobáaa, Tiene chocolate en el medio. Que rico.

     ¿Qué te esperabas de las mejores chefs del mundo mundial? —Le preguntó con una sonrisa mientras le daba un beso en la frente.